Por NELLY CASAS

-1987-

Estamos haciendo el diseño de un pionero político patagónico, del primer Gobernador Constitucional de la provincia de Santa Cruz, del eje de un núcleo familiar ejemplar: del Doctor Mario Cástulo Paradelo.

Corría 1948, tiempos del asentamiento y acrecentamiento del Gobierno Peronista, cuando la UCR, con líneas internas bien demarcadas, se organizaba como la gran fuerza de oposición que saldría a disputarle el poder al oficialismo, en la primera contienda electoral. Mario Cástulo Paradelo, abogado con suerte diversa en la profesión que ejercía en la ciudad de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, su ciudad natal, militante fervorizado dentro de la línea intransigente de la UCR, acababa de tener un desencuentro político con algunos de sus amigos de siempre. Incapaz de enfrentar lo que parecería un signo de su destino futuro, la ingratitud, prefirió poner distancias entre sus viejos correligionarios y sus ideales políticos que eran dominantes en su vida.

Y tal vez porque su temperamento no sabía de medias tintas, tomó el camino más largo para el distanciamiento.- El mapa del país ,que amaba tanto y al que se había dedicado a servir desde su militancia, parecía terminarse allí.

Santa Cruz, el destino elegido, no era ni siquiera provincia, era un territorio dirigido por el Gobierno Central, abandonado de los proyectos nacionales, desierto, sin organización política, azotado por los vientos que su enclave geográfico generaba y por los del abandono y el desconocimiento del resto de los compatriotas. Hacia Santa Cruz se dirigió con su decepción humana a cuestas pero con todo su bagaje ideológico intacto, como un pionero que elige el lugar más difícil, seguro de que lleva consigo las mejores intenciones y un mundo de posibilidades.

Río Gallegos era entonces un reducido asentamiento humano, con población y comercio local limitados, sin comunicaciones con el resto del país, e incluso dentro de sus propios límites, sede de gobernadores digitados desde Buenos Aires, donde hablaban de la Patagonia como de un continente desconocido, poblado por indígenas argentinos y chilenos.

La vida dura y las condiciones precarias de los que, recién llegados debían enfrentar a los NYC (nacidos y criados), verdaderos señores feudales de una tierra que nadie les había disputado nunca y de una discrecionalidad para el manejo de las personas y los negocios que nunca se había cuestionado, pudieron hacer doblado la madera de aquel joven llegado de climas y sociedades mucho más benignas y de fácil asimilación.

Pero Mario Cástulo Paradelo, encontró en Río Gallegos, exactamente lo que necesitaba para robustecerse por dentro y por fuera. Encontró un campo virgen para desarrollar todas su energía organizadora, encontró nuevos amigos, algunos de ellos tan leales que lo acompañaron hasta su última morada, muchos años después. En Río Gallegos, Mario Cástulo Paradelo halló su destino que habría de cruzarse, afortunadamente, con el de la futura gran provincia patagónica.

Sus compañeros del Histórico Colegio Nacional del Concepción del Uruguay, un vetusto edificio que había visto crecer la inteligencia del general Roca, de Victorino de la Plaza, de Arturo Frondizi, veían en el Gringo Paradelo, como lo llamaban familiarmente, a un gran compañero, con una agudeza perceptiva poco común, más amigo de la bohemia pueblerina que de los libros, ocurrente y desenfadado, que no parecía ni aún a los que lo conocían íntimamente, guardar el germen de un sino de excepción.

Tampoco lo imaginaban sus camaradas de la estudiantina local primero, platense después, ciudad a la que se trasladó junto con muchos comprovincianos en 1929 para iniciar sus estudios de Derecho. Vivió en pensiones y compartió la casa con muchachos como él, alegres, con la irresponsabilidad de tener las necesidades vitales cubiertas gracias a la generosidad de los padres, jugadores del tiempo y del azar. En la casa alquilada junto con Alfredo Bitbol, David Blejer, Ausonio Fitipaldi, Teodoro Marcó, Raúl Schenone y, después incorporados al grupo Pedro, Roque y Aristóbulo Marcó, Paradelo vivió seguramente las más alegres horas de su vida. Fueron cinco años sin más angustias que las fechas de examen, algún insomnio provocado por un amor sin ventura y los irremediablemente dificultosos fines de mes, cuando los víveres se agotaban. En La Plata revalidó sus viejos títulos de gran amigo y los afectos que se anudaron entonces perduraron a través de los años.

Por quienes, seguramente menos intuyeron lo que se escondía detrás de tanta bonhomía, fueron los vecinos de Concepción del Uruguay, donde Paradelo instaló su bufete de abogado. Allí la mezcla de desinterés económico que suele regir las actividades profesionales desarrolladas en una comunidad amiga y la pasión política que ocupa la mayor parte del tiempo, restaron preocupación y dedicación a la profesión por parte del joven abogado y limitaron el requerimiento de la comunidad hacia él. Mario Cástulo Paradelo, era un hombre con muchos amigos, un abogado con pocos clientes y un radical con casi ninguna posibilidad de trascendencia política por muchas razones: porque la oposición era una trinchera muy dura, porque Entre Ríos era cuna de grandes figuras con las que era difícil competir, porque las siluetas políticas, tan fundamentales para hacer carrera, se aprenden con la edad y se aplican con la experiencia. La realidad de Concepción del Uruguay, no generaba fácilmente vencedores. Pero algunos, como Mario Cástulo Paradelo, descubrieron, seguramente  a nivel muy inconciente, que la trascendencia se alcanza muchas veces por caminos inimaginables. En todo caso, una voz interior se lo dictó, porque dejó las calles arboladas, las tertulias cordiales, la calidez de una vida familiar llena de amor, las cuchillas, las aguadas y los naranjales por una patagonia indómita, desolada, ventosa y casi ajena.

Y dejó, además, hasta que la situación se lo permitiera, una esposa y dos hijos que serían el mayor nudo afectivo de su agitada vida.

Virginia Marcó, era una muchacha dulce, discreta y distinguida, que accedió a casarse con el doctor Mario Paradelo, después de dos años de noviazgo, una relación marcada por los estilos de la época y las restricciones de una comunidad pueblerina. Nenuca, como la conocen todos los que han frecuentado la familia, era maestra en ejercicio de sus funciones en Concepción del Uruguay y se convirtió en la esposa abnegada y sobre todo, en la gran compañera de triunfos y sinsabores. Cuando las circunstancias la convirtieron en “gobernadora” de Santa Cruz, siguió trabajando en Río Gallegos, como celadora primero y después como jefa de celadores en el Colegio Nacional República de Guatemala hasta 1966, año en que falleció su esposo. Suavizó las exigencias del protocolo con su particular sencillez y cuando los vientos del escándalo y la injusticia azotaron a la familia, fue el puntal de la dignidad del apellido. Más tarde, los designios de la vida la dejaron viuda, y a partir de allí mantuvo el culto del nombre amado y respetado por sobre todas las cosas.

Cuando Virginia Marcó era maestra de Concepción del Uruguay, su actividad era una tarea grata, y por esos tiempos los docentes eran retribuidos económicamente con cierta equidad, como para poder contribuir generosamente al presupuesto familiar. Ese trabajo suavizó los rigores que imponían la actividad política de su marido, situación muy común a los militantes infatigables, que anteponen su actividad política a las necesidades vitales propias y de los suyos. Además, tenía antigüedad en el cargo, suficiente como para decidir quedarse en su ciudad hasta lograr el retiro.

Había, además, dos hijos, Pedro de ocho años, que después se convertiría en abogado y seguiría la senda de vocación patagónica y nacional que aprendió de su padre, y Juana de cuatro años que recibiría los mismos dones de su madre abnegada y la fortaleza de carácter de un padre voluntarioso. Pero cuando Mario Paradelo resolvió marcharse a Río Gallegos, los hijos eran dos niños y Nenuca una mujer joven que había vivido siempre protegida por una familia generosa y afectiva, dispuesta a la hora del sacrificio, a demostrar cuanta fuerza puede esconder un carácter delicado.

Del entorno afectivo que había logrado con su matrimonio, se alejaría por cuatro largos y difíciles años, Paradelo, hasta que la esposa pudiera obtener el retiro que le permitiera asegurarse una entrada mensual. Afortunadamente, su ausencia física no desmembró a la familia que después se trasladaría al sur para compartir con el hombre de la casa, las complejas e imprevisibles circunstancias patagónicas.

En 1958, Arturo Frondizi resultó electo Presidente de la República por mayoría absoluta. Todos los gobernadores del país también pertenecían a la UCRI, nueva sigla de la vieja UCR, enriquecida por numerosos aportes extrapartidarios y “bendecida” por Perón que ordenó a sus seguidores entregarle sus votos.

El doctor Mario Cástulo Paradelo, consecuente con su afiliación a la intransigencia, había sido elegido para postularse a la Gobernación de la nueva provincia que después lo elegiría su primer mandatario Constitucional.

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Hacía diez años que vivía en Río Gallegos y ya había aprendido no sólo la problemática de la zona, sino que se había internalizado en la psicología del poblador austral. Mil veces había transitado las difíciles rutas de la provincia ya antes de su candidatura, cuando trabajaba en la organización partidaria.

Piedrabuena, Los Antiguos, Calafate, Río Turbio, San Julián, Deseado, Las Heras, Caleta Olivia, le eran tan familiares como los antiguos rincones de la ciudad. Había logrado convivir con el viento sureño, y las largas noches invernales le habían sido propicias para conocer y comprender los sueños y las desazones de los pobladores de la región, tan necesitados de una reivindicación válida, de una integración profunda, de un desarrollo integral.

En Gallegos había encontrado grandes amigos, desde Gumersindo Villadons, el mozo del Hotel donde se hospedaba, al que le había enseñado el difícil arte de armar los cigarrillos, esa aptitud de pobres, hasta Félix Ríquez, actual Diputado Nacional Justicialista. Había gastado largas horas de discusiones profesionales entre el afecto de Roberto Demaestri y Arcadio Alvarez, Procuradores que le ofrecieron una amistad incondicional, Carlos Espósito y Matías Echeverría con los que compartió inolvidables vigilias pobladas de proyectos, Bonifacio Campos, comprensivo y generoso estanciero, Carlos González Landa, médico y leal camarada que después sería Intendente de Río Gallegos y que en la mala hora del infortunio estuvo a su lado, como que alojaría en su casa a la esposa y a la hija del Gobernador Paradelo despojado del cargo y hasta de la vivienda familiar cuando por la fuerza tuvieron que desalojar, en pocas horas la residencia oficial.

La vida política de Mario Cástulo Paradelo estuvo erizada de dificultades, propias de un ambiente tan ríspido y de una sociedad tan particularmente estructurada. Su propio partido se convirtió en un mundo de enfrentamientos y discusiones. Además, la posibilidad de un comicio en el que se elegirían, por primera vez en la región todas las autoridades provinciales, municipales e incluso los legisladores nacionales que representarían al distrito, desató las ambiciones y agudizó las competencias. Es común que a la hora de recoger los beneficios, pasen a segundo término o se olviden totalmente, los sacrificios, los esfuerzos, los aportes de todo tipo que pudieron hacerse en épocas oscuras, cuando la salida se vislumbraba muy lejos.

Seguramente por eso fue necesario llevar a cabo dos veces la elección interna partidaria y que en las dos surgiera nítido el derecho del doctor Paradelo a ser candidato a Gobernador, para que ello fuera posible.

Ya había sido Constituyente en 1957, cuando se había reformado la Constitución Nacional y había participado en la redacción de la Carta Orgánica de la UCRI y en las bases de la Constitución Provincial; conocía como pocos políticos la provincia y cada uno de sus rincones olvidados, había consagrado su vida a la actividad partidaria, acompañaban su ideario al gran líder nacional que era Arturo Frondizi, era probo, infatigable y solidario; lógicamente era el candidato natural para la mayorías de sus correligionarios.

Sin embargo, quedaron muchos heridos en el camino. Los asistentes al acto de proclamación de los elegidos después de la tercera elección interna, afirmaron que uno de sus oponentes, Alcides Pérez Gallart, organizador del Poder Judicial, dijo públicamente: “¿Quieren que Paradelo sea Gobernador? Que lo sea, pero le vamos a hacer un Juicio Político”. La frase pudo ser una casualidad, una premonición o una amenaza, pero, en todo caso, anticipó la dolorosa experiencia por la que debería pasar unos años después, el entonces feliz ganador de la interna que lo haría candidato partidario primero y poco tiempo después primer Gobernador Constitucional de la provincia de Santa Cruz.

El 1º de mayo de 1958, asumía el Gobierno de la provincia patagónica, el doctor Mario Cástulo Paradelo.

En su mensaje a las Cámaras, afirmó:

“….La postración social, económica y política que durante estos años se ha señalado a los ojos avizores dentro de la Nación y en la que hubimos un día de caer, es, más que la consecuencia de factores extraños al medio, la resultancia directa de la falta de hombres compenetrados de las necesidades y derechos del pueblo, que desde el Gobierno no supieron captar las aspiraciones crecientes de la masa trabajadora del país. Falta de hombres que la ingratitud de algunos, la incomprensión de otros y el resentimiento, cuando no el encono de los demás, han restado a la fecunda actividad democrática que era necesaria a los intereses políticos de la República….”.

Y pensando, seguramente en poner al frente de la provincia a los mejores, designó como Ministro de Gobierno a D. Matías Echeverría, de Economía y Obras Públicas a D. Raúl Pellón, de Asuntos Sociales a D. Aníbal Pérez Fernández y como Secretario General de la Gobernación a D. Abel Rodríguez Barros.

Iniciar la estructuración administrativa e institucional de la provincia, implementar las medidas de desarrollo, atender a las necesidades de la ecuación y la cultura, impartir equidad en la distribución de tierras fiscales, atender a la planificación de obras públicas como la pavimentación de las rutas 3 y 40, el puente sobre el río Santa Cruz, la reapertura de los estudios de obra sobre diferentes cuencas pluviales, implementar una política nacional de radicación de capitales, marcó no sólo lo avanzado de su pensamiento, sino una consubstanciación total con la línea de transformación que marcaba el Gobierno de la Nación. Por eso podría decir en su mensaje inaugural:

“…Para nosotros, la función de gobernar ha adquirido una importancia tal, que a ella quedan supeditadas todas las funciones colectivas; el Estado ya no se limita a ser un recaudador de impuestos y un pagador de sueldos; para nosotros la función estatal es eminentemente directriz, al punto que nada debe escapar a su control en esta hora turbulenta del mundo”… “Para ello, hemos de recabar de Vuestra Honorabilidad, las leyes que sean necesarias para impulsar el progreso material de la provincia, pero muy especialmente aquellas que han de dar al hombre de trabajo, al técnico, al científico, en fin a todos los habitantes de la provincia, una seguridad y una dignidad en el vivir que le haga sentirse respaldado por esa verdadera Justicia Social que tanto propugnamos”.

En homenaje a esta Justicia Social organizaría el Consejo Agrario mediante el cual entregó a los pobladores, la propiedad de bienes raíces de distinta magnitud, los que hasta entonces estaban en arrendamiento o concesión precaria por las autoridades nacionales. También establecería remuneraciones altamente compensatorias para beneficiar a los naturales de la provincia que superaron a las vigentes en el orden nacional y en otras provincias. Dispuso la creación del Escudo Provincial. Dotó de subsidios a las instituciones religiosas con fines educativos, a las entidades deportivas y a las que se dedicaban a la popularización del arte. Concedió becas para los alumnos radicados en la provincia que no contaban con medios suficientes para cursar estudios de alto nivel. Y dió especial atención a las escuelas con población de alumnos más desposeídos para las que proporcionó la “copa de leche” instituida por Ley. Con este pensamiento había afirmado frente a la Legislatura: “…es necesario que se restablezcan los principios en que el Estado ha de basar su acción para hacer llegar al pueblo de la provincia la educación que debe llegar a todos los rincones, para que ningún niño se sienta abandonado por el Estado en el supremo derecho a saber e ilustrarse”.

Fue un día de fiesta para Santa Cruz la asunción de su primer Gobernador Constitucional y fue sin duda un reverdecimiento de la esperanza para todos los que se albergaban en ese suelo patagónico, escuchar un mensaje colmado de sentido de la realidad, pletórico de proyectos, e inflamado de amor por todos los compatriotas que anhelaban una provincia que se pusiera en marcha en consonancia con el crecimiento que se anunciaba en todo el país. No fue un hallazgo literario sino una realidad, su lema: “Santa Cruz en marcha”.

Junto al flamante Gobernador, su familia y el pueblo de Santa Cruz se aprestaba a iniciar una nueva etapa de su historia. Una historia que había de estar colmada de logros, de alegrías y de decepciones.

¿Qué pensaba ese hombre tan maltratado, mientras caminaba desde su casa hacia la comisaría donde habría de quedar detenido durante 53 días? Las autoridades policiales le habían dado la opción de llevarlo en auto durante la noche para evitarle el supuesto bochorno de enfrentar a la gente, pero él había rehusado y exigió ir caminando a plena luz del sol. Y lo hizo mientras un grupo de personas marchaba atrás de él, acompañándolo en la hora del infortunio y la injusticia.

Allí en la sede de la Comisaría 1ª recibiría todo el tiempo las muestras de adhesión de tantos santacruceños que no se resignaban a perderlo como Gobernador. Alrededor de doscientas cartas por día denominándolo Su Excelencia daban cada día, durante los 53 que duró su encierro, la sensación de que la población de la provincia no quería darse por enterada del término de su gestión.

¿Qué pasaba por la cabeza de ese hombre mientras caminaba por las calles de su amada ciudad, las conocidas y reconocidas calles de su Río Gallegos, él, que no había aceptado el indulto porque hacerlo era como admitir culpas que no había cometido?

El se había rehusado a hacer abandono de su cargo pese a todas las presiones, y entonces la Legislatura había logrado que el Juez, acusando al Gobernador de usurpación de títulos y honores, determinara su encarcelamiento. El acataría la orden, pero apelaría ante otra instancia por la revisión de su Juicio Político que consideraba injusto y arbitrario. Ahora, camino hacia su confinamiento, sentía que pagaba un precio conocido de antemano por haber cumplido un cometido propuesto con honor.

¿Qué ideas rondaban por la cabeza de ese gobernante depuesto, mientras marchaba rumbo a su cautiverio, sin saber qué consecuencias tendría para sí y para su familia? El había intentado sobrellevar todas las presiones hasta que la fuerza pública rompió con hachas y martillos las puestas de la residencia y ordenó desalojarla en pocas horas.

Primero desalojaron a los funcionarios que vivían en casas otorgadas por la gobernación; después llegaría el turno a la familia Paradelo. En una hora debían desocupar lo que era su vivienda, el hogar donde desarrolló su vida durante todo el tiempo que el padre y esposo intentó poner en movimiento el engranaje social, político y económico de la provincia. La furia de algunos civiles exacerbados contrastaba con la violencia interior de algunos funcionarios policiales que debieron sentir la vergüenza del acto de ignominia, desarreglaron la casa, perturbaron sus ocupantes, intentaron sin éxito amedrentar a Virginia Marcó de Paradelo que había aprendido lo suficiente como para amurallar su dolor y resistir con toda la fortaleza de sus convicciones y su dignidad ultrajada. Tenían amigos entrañables que le brindaron refugio. Después de todo, el hogar estaría siempre donde ella estuviera.

¿Qué pasaría por la cabeza de ese hombre que había conocido la dureza de la pelea, la alegría del triunfo, la soledad del poder, el peso de la injusticia? ¿Tal vez la gran tranquilidad que genera la paz de la conciencia? ¿Tal vez la decepción de tantas ingratitudes? ¿Tal vez la fatiga de la dura lucha librada contra tantos inconvenientes?

Cualquiera fuese el pensamiento que lo abstraía en esa circunstancia, él debía saber en el fondo de su corazón que algún día se cumpliría el vaticinio de su entrañable amigo el Padre Betonio, que no se cansaba de repetir “Para la Justicia Dios, para la verdad, el tiempo”.

Las presiones durante los dos años de su mandato habían sido terribles. El gran embate le había sido dirigido en la persona del Vicegobernador, Miguel Madroñal, a quien se le había hecho un Juicio Político tiempo atrás, bajo 26 cargos. Entonces, el Gobernador Paradelo, debió intuir que era un modo de socavar los cimientos de su investidura, pero no pudo evitar el golpe político con el que se iniciaría su derrumbe, sin que a nadie pareciera importarle mucho que unos meses atrás había ganado las elecciones para la renovación parcial de la Legislatura.

¡Cuántos nombres, cuántas caras, cuántas palabras dichas o calladas, giraban por la cabeza de ese hombre, político, mandatario, entrerriano por nacimiento pero patagónico por adopción, mientras caminaba rumbo al edificio que le serviría de prisión no sabía por cuánto tiempo! ¿Cuántas veces habría revisado su vida, sopesado sus yerros, evaluado sus aciertos?

En unas pocas cuadras caminadas en silencio, entre la gente de un pueblo que se había lanzado a la calle, Mario Cástulo Paradelo, el Gobernador Constitucional de Santa Cruz depuesto por una Legislatura que no se atrevía en esos momentos a dejar la protección del recinto, debía ir pensando en los absurdos vericuetos de la vida que giran entorno a las personas que hacen cosas, y que a veces se equivocan porque hacen y son perseguidas por los que no quieren hacer. Debió haber pensado en la pureza eterna de las cosas inhertes, en la infalibilidad de los que nunca se comprometen. Y debió haber pensado, sobre todo, que lo importante, lo verdadero, lo transcendente, el destino de esa provincia que quería emerger, había quedado postergado como un telón de fondo delante del cual se desarrollaban las miserias humanas, las pequeñas envidias, los grandes intereses que querían desalojar de su protagonismo a la provincia de Santa Cruz.

Lo había dicho en su mensaje a la Legislatura en oportunidad de la iniciación el nuevo período: “…Por eso es ardua y áspera nuestra brega para lograr medios propios de desenvolvimiento económico. Por eso es tan dificultosa la tarea de crear y consolidar instituciones. Por eso debemos soportar embates y oposición de todos los campos, muchas veces encubiertos bajo dialécticas artificiosas, cuando proponemos iniciativas que requieren decisión y coraje para que sus resultados beneficien a la provincia ahora y con posterioridad a la terminación de nuestros mandatos.”

¡Cuántas cosas presentes y pasadas deben haber girado por esa cabeza ya poblada de cabellos grises, por el rostro donde la fatiga de la vigilia acrecentaba las marcas del tiempo más que la edad, por el paso que quería ser enérgico como los gestos y la mirada!

En todo caso, allí se cerraba un capítulo de la historia, tan repetida a lo largo de los tiempos, de la incapacidad humana para comprender, respetar, solidarizarse con la acción de los otros que quieren dejar señalado su paso por la vida.

Cuando se inició en Juicio Político al Gobernador Mario Cástulo Paradelo, promovido por la Legislatura, se formularon treinta y seis cargos atribuidos al incumplimiento de sus funciones y luego se agregaron más de setenta.

Ninguno de estos cargos detrás de los cuales estaba la confabulación de casi todos los integrantes de la Legislatura, algunos miembros del Poder Judicial y funcionarios de la administración provincial que debían sus puestos al Gobernador, pudo ser probado; sin embargo el Juicio Político prosperó sin considerar la defensa interpuesta ni admitir ninguna clase de argumentos legales.

Frente a la decisión del grupo que en esos momentos detentaba el poder de decisión real, nada valieron los antecedentes de la gestión gubernativa que debieron obrar a favor del mandatario que se pretendía destituir.

El doctor Paradelo descifraría esos verdaderos motivos en lo que fue su última carta política, dirigida en marzo de 1966 a la Mesa Directiva del Movimiento Popular Santacruceño, al que adhirió en los últimos años de su vida, consecuente con su idea integracionista. Decía allí: “…Mientras nuestro Gobierno Provincial entre 1958/60 se mantuvo ejecutando un programa de realización económica que se canalizaba en el desarrollo de beneficios sociales y asistenciales pero sin incidencia directa sobre la estructura de la lana y las importaciones masivas, nadie manifestó oposición; ninguna fuerza pareció ofendida por nuestra conducción. Sin embargo, a partir de nuestra firme adhesión para con la ejecución del proyectos de las 5000 casas programadas por Yacimientos Carboníferos Fiscales en 1959 en Río Turbio, para la radicación de sus técnicos y obreros, la vieja estructura comenzó a minar las bases políticas de nuestra conducción”.

“Luego, cuando nos decidimos a introducir la palanca del cambio con la radicación del Complejo Petroquímicos y del Aluminio en Puerto Deseado y que el consecuente plan de radicación de industrias a lo largo y ancho de la provincia, el conjunto de los intereses del vetusto orden, se movilizaron, asestaron un golpe artero contra nuestra acción”.

Nadie parecía recordar la euforia colectiva cuando se realizó la reunión de Gobernadores argentinos y chilenos del Cono Sur, conferencia promovida y organizada por el Gobernador Paradelo. Allí estuvieron por primera vez reunidos, los gobernadores de Chubut, Santa Cruz y Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, junto con los de Aysen y Magallanes de la República vecina. En esa Conferencia, técnicos y asesores estudiaron y profundizaron temas de interés común para las provincias patagónicas de ambos países, destinados a complementar y desarrollar el progreso y la economía de la región, idea que nunca antes había sido llevada a la práctica, pese al abandono, tema del que todos tenían conciencia, de la región.

Así, surgieron recomendaciones tales como exclusiones de recargos y depósitos previos, aplicación en la Argentina de un régimen aduanero similar al de Chile para facilitar el intercambio, adecuación de valores índices y normas de certificación para la exportación de ovinos, habilitación de agencias y sucursales bancarias para operaciones de cambio, adecuación de requisitos para facilitar la comercialización interzonal de mercaderías, aplicación y acumulación de cupos incluyendo carbón y leña, liberación de circuitos de radiocomunicaciones en caso de emergencia, intensificación de intercambios aéreos, deportivos y culturales, acción concertada de los organismos técnicos y viales en la construcción y mantenimiento de las rutas fronterizas. Se trataba de un verdadero proyecto de desarrollo de la región y su integración económica.

Tampoco parecía recordar nadie mientras se cumplía el siniestro plan de alteración del orden constitucional en la provincia, el infinito empuje que dió Santa Cruz, la radicación de un complejo petroquímico para el aprovechamiento del gas, elemento primordial que fluye en cantidad portentosa y que en elevada proporción se ventea por falta de aplicación inmediata.

Nadie quería mencionar el valioso contacto de Paradelo con los representantes de una de las compañías petroquímicas más importantes de EE.UU., la Texas Butadiene and Chemical International, que luego de algunas consultas preliminares, destacó una comisión encabezada por el propio Vicepresidente de la compañía al que asistía Henry Holland uno de los más eminentes jurisconsultos de EE.UU. y el doctor Eduardo Busso, destacada personalidad argentina. El lugar elegido de común acuerdo para la ubicación de la planta, fue Puerto Deseado, cuyo emplazamiento proponía ventajosas condiciones para el acceso marítimo, la captación de gas de Pico Truncado y el aprovechamiento del agua de río Deseado. Por supuesto, el Juicio Político echó por tierra toda la gestión porque era inimaginable que una operación de tan alto riesgo pudiera concretarse donde una maniobra política tenía mucho más peso que las leyes y las garantías constitucionales.

Lo mismo sucedería con IPAS (Industria Pesquera del Atlántico Sur) que ya contaba con dos barcos de pesca de altura y la infraestructura de la industria en marcha y que después del golpe de estado provincial se trasladó con su realidad y sus perspectivas a Mar del Plata.

Muy pocos parecían tener presente, cuando la ceguera política aparecía en todo su apogeo, cuanto se había hecho en materia organizativa, campo lleno de realizaciones, al punto que se pusieron en funcionamiento los principales organismos provinciales, tales como Vialidad Provincial, Consejo Agrario, Banco de la Provincia de Santa Cruz y Policía Provincial. Una de las facetas sobresalientes de la gestión Paradelo, como fue la creación del Consejo Provincial de Educación, por el que se establecieron las bases de la educación preescolar, primaria y secundaria, y la concreción de la transferencia de los establecimientos nacionales a la provincia, lo que recién en 1980 se concretaría en el resto del país. Y la realización de la más cara aspiración de una provincia: la promulgación de su Constitución.

Y seguramente, había perdido toda su importancia la pasión integradora del Gobernador Paradelo quien fue un factor gravitante para la construcción de la pista traspolar en la Base Aérea Militar de Río Gallegos, la que debería convertirse en poco tiempo en la más importante del Cono Sur. Y su preocupación por crear fuentes laborales genuinas, como los trabajos para el aprovechamiento total del Río Santa Cruz, la construcción de lavaderos de lana, la radicación de industrias textiles. Ni la construcción de viviendas para funcionarios, para magistrados y para población de escasos recursos.

Ninguna luz parecía dispuesta a alumbrar las inteligencias de los hombres ofuscados por la pasión, empequeñecidos por los sentimientos privados, obnubilados por la emoción violenta y dañina. Por eso seguramente, ninguna idea positiva, nada que mitigara el oído, nada que se opusiera a los intereses personales pudo frenar la acción de quienes estaban decididos a remover de su sillón gubernamental al Dr. Mario Cástulo Paradelo.

Es bueno recordar que los primeros pobladores de la Patagonia, operando desde Punta Arenas donde aún se conservan sus palacios, impusieron la ley de la conquista. Se adueñaron de enormes extensiones de tierra y procedieron a exterminar en unos casos y a esclavizar en otros, a la población indígena.

Dada la naturaleza del régimen de lluvias y de la calidad de la tierra, se dedicaron con exclusividad a la cría del ganado lanar y se impuso como un sello la cultura de la lana, cuya comercialización y exportación constituía la única forma productiva de riqueza en el vasto territorio deshabitado. Las tierras que ocuparon de hecho fueron legalizadas en distintas etapas mediante concesiones precarias al principio y con títulos legítimos de dominio más adelante. Los grupos detentadores de la tierra y de la lana, monopolizaron, asimismo, los servicios de transportes, las comunicaciones, la actividad comercial y el uso del crédito creando así un inexpugnable baluarte de un sistema feudal.

Puede decirse que grandes vestigios del sistema sobreviven todavía y resisten toda clase de política económica y social que modifique el Statu Quo y abra los cauces del progreso, la industrialización y la diversificación de la producción patagónica.

El Gobernador Paradelo apreciaba con lucidez el origen de las fuerzas que se oponían al plan energético nacional y más específicamente a las realizaciones proyectadas para la Patagonia y en especial para la provincia de Santa Cruz. Primero se frustró el plan de las 5000 casas de Río Turbio y posteriormente la radiación de la Texas Butadiene en Puerto Deseado.

Ya al votarse la Ley de Fomento Industrial por la unanimidad de los Legisladores, varios de ellos manifestaron reservas mentales a lo largo del debate. Uno de ellos dijo “si la Texas no se radica por cualquier circunstancia en Santa Cruz, esta alternativa no nos asusta”. Pero el Gobernador Paradelo, convencido de las ventajas revolucionarias que implicaba para la zona la instalación de una planta de petroquímica pesada, tomó intervención personal en la sanción y trámite del decreto del Gobierno Nacional que otorgaba la concesión de dicha empresa, pero asimismo, comprometió, por la provincia, un plan de obras públicas indispensable para la instalación y el funcionamiento de la planta. Y se firmó una carta intención para la primera represa sobre el río Santa Cruz.

¿Qué ocurrió con posterioridad, para que la Texas desistiera de su proyecto después de haberse firmado las normas legales nacionales y provinciales propias de la operación, como asimismo el contrato con la empresa suscripto por el doctor Paradelo cuyo trámite y rúbrica fueron cuestionados por los sectores que se sentían afectados por el cambio? Sin duda el Juicio Político instrumentado contra el Gobernador por razones desdeñables y con trámite jurídico viciado de nulidad, crearon un clima de inestabilidad institucional y de inseguridad legal que desalentaba las inversiones de capital. Por eso se pudo decir del Gobernador Paradelo en un reportaje publicado por “El Orden” de Puerto Deseado:

“Resultaba por demás sospechoso, y así lo advirtió la población, la connivencia y la coordinación con que han actuado los tres bloques legislativos, en el designio de perturbar primero, trabar e impedir luego, la acción de un gobernante al que no podía insinuársele siquiera la posibilidad del soborno, no obstante su notoria carencia de bienes materiales, por su indeclinable honradez y su trayectoria cívica a favor de la democracia, de la libertad y de los bienes entendidos intereses del pueblo con el que está consubstanciado. También es sugestivo que, justamente en momentos que se veía impedido de desarrollar las actividades propias de su condición de gobernante, neutralizando las dificultades que pudieran operarse en esferas oficiales de la Nación o las trabas burocráticas que surgen muchas veces de solapadas influencias extrañas, surgiesen rémoras suficientemente graves que obligaran a la Texas a retirar su pedido de radicación en la zona norte de nuestra provincia.”

¿Fue acaso el Juicio Político una maniobra oblicua de la oligarquía vernácula para frenar el plan energético de la Patagonia como ya lo había hecho antes con el escándalo del presunto negociado de Río Turbio?

Los Diputados integrantes de tres bloques que uniformaron su criterio para destituir al Gobernador, ¿fueron acaso presionados, convencidos, seducidos, sobornados?

Nadie puede asegurarlo, pero objetivamente, el resultado del Juicio Político actuó como arena puesta en los engranajes de la historia y sirvió hasta ahora, durante casi tres décadas, para frenar el impulso del progreso y la radicación de pobladores argentinos en la Patagonia.

El Gobernador Paradelo era hombre formado en la disciplina del Derecho. Tenía profundas convicciones sobre el imperio de la Ley y a ella se aferró cuando le exigieron la renuncia de su mandato obtenido por la voluntad popular y sostenido a través de una acción de gobierno fructífera y constante. Porque era consecuente con esa idea, cuando se declaró la nulidad del Juicio Político y se le pidió que reanudara sus funciones, se negó porque entendía que no había tiempo para reactivar su gestión pública.

Era inimaginable que renunciara y entregara el mando, dado que el Vicegobernador ya había sido removido, a una Legislatura que había mostrado su capacidad para burlar el orden y la Constitución.

En esos momentos entró a jugar el poder central. Desde Buenos Aires, obedeciendo a necesidades o a intereses cuyos ejes pasaban muy lejos de la consideración personal del Gobernador Paradelo, indicaron que los más conveniente era que depusiera sus atributos de mando en los comandantes de las tres fuerzas que desarrollan plena actividad en la zona austral: Marina, Aeronáutica y Ejército.

Es difícil imaginar la emoción con que un hombre de la ley debe ceder el honor cívico que le ha conferido la ciudadanía y al que ha dedicado las horas más productivas de su vida, pueda entender el acto de entregar sus insignias de mando a jefes militares. Pero Mario Cástulo Paradelo era disciplinado, respondía a un Gobierno Nacional con el que estaba consubstanciado y frente a la alternativa prefirió coincidir con “su” Gobierno y no ceder a las presiones de quienes le habían iniciado un juicio inicuo y con pocos precedentes.

Después de su encarcelamiento promovió juicio de inconstitucionalidad contra el fallo de la Sala Juzgadora de la Legislatura que había dispuesto su remoción y lo siguió con constancia hasta que la Justicia reconoció la ilegitimidad y ordenó reponerlo en el Ejercicio del Poder Ejecutivo Provincial. Pero las instancias se habían prolongado y le hubiesen quedado dos meses de mandato que, lógicamente, rehusó.

Obediente con el fallo, reasumió las funciones de Gobernador y en ese mismo día envió a la Legislatura su renuncia al cargo que delegó en el presidente de la Cámara de Diputados.

Por segunda vez en cuatro años, el Gobernador de Santa Cruz, Dr. Mario Cástulo Paradelo renunciaba a su cargo. La primera, compelido por las circunstancias, contrariando su espíritu legalista y sabiendo que su actitud de obediencia al Gobierno Central vulneraba la doctrina federalista a la que había adherido y bajo cuyos lineamientos había gobernado. La segunda, llevado por su sentido de la realidad, agobiado por el peso de una justicia tardía y conciente de que su tiempo político se había agotado en la esterilidad de una lucha desproporcionada y absurda contra los permanentes enemigos del crecimiento y la legalidad.

Santa Cruz había sido la hermanita pobre, la hija olvidada, el predio usado para fines económicos de unos pocos, el enclave geopolítico más cotizado por potencias internacionales, la codiciada presa para los sueños expansionistas .- Tal vez esa sea la explicación más clara y definitoria de la campaña orquestada y concretada contra un gobernante de conciencia nacional, que quería integrar a su provincia con el resto de un país que caminaba aceleradamente rumbo a su grandeza.

El destino de Santa Cruz, aparecería así ligado, por una lógica consecuencia con el sino de la Argentina, que muy poco después, también vería cercenada su aspiración de independencia y de crecimiento, frente a la conspiración de los enemigos del país.

El estudio del doctor Paradelo siempre había sido refugio de pobres, desesperados, de necesitados de amistad y de justicia. Lo había sido en Concepción del Uruguay, lo fue en Río Gallegos en cuanto pudo instalarlo y volvió a serlo cuando las circunstancias volvieron al ex Gobernador al llano.

Mario Paradelo nunca cambió su forma de ser: amigo de sus amigos, solidario con los necesitados. Hay anécdotas contadas por amigos de su necesidad de demostrar su afecto y de su dolor cuando, un poco por esa inacabable costumbre de bromear, los compañeros pretendían demostrar que sus sentimientos habían variado. También hay testigos presenciales de su sensibilidad frente a la necesidad de algún vecino de Gallegos que recurría a su Gobernador en busca de una vivienda y de la que él personalmente se hacía cargo. Y sus amigos incondicionales, recuerdan que hasta el final de su vida, compartió lo que tenía y sufrió cuando no tenía para dar más que su afecto.

Su corazón, su maltratado y aguerrido corazón, había de hacerle su última jugada una tarde del mes de agosto de 1966. Un tiempo antes de morir, había estrechado su relación con el primer Obispo de Río Gallegos Monseñor Mauricio Magliano, con quien se había conocido en ocasión de haber logrado, durante su gestión de gobierno, la instalación del Obispado de Río Gallegos.

Religioso sin exteriorizaciones, pero con una moral profundamente enraizada en las vertientes cristianas, Mario Paradelo había vivido según el código de virtudes heredadas y afianzadas en su matrimonio con una mujer fundamentalmente religiosa. No era extraño, pues, que cuando advirtiera algún llamado inconciente sobre la no perdurabilidad de la vida, buscara refugio de amistades capaces de confortarlo y acompañarlo.

Era un hombre colmado de anécdotas, como si hubiese vivido mucho más que el tiempo de su existencia real. Las luchas vitales y políticas, las dificultades de acomodación a un medio hostil y rechazador, el enfrentamiento con conciencias menos inocentes y procedimientos más sutiles, todo sumado a su apasionamiento, a su capacidad para jugarse en cada cosa como si detrás de un gesto amistoso y de solidaridad hubiera una patriada verdadera, minaron las resistencias de un corazón que había dado todo cuanto tenía por su familia, por su Patria, por sus hijos. Hasta que un día no pudo más. Murió peleando, como había vivido. Y murió amado con todo ese sentimiento que supo despertar en quienes fueron sus amigos, sus correligionarios, sus protegidos, sus compañeros de lucha.

Murió en su amado Río Gallegos, pero su viuda resolvió trasladarlo a Buenos Aires, tal vez como augurándole un descanso de tanto trajín, tal vez para alejarlo de esos vientos hostiles que no habían logrado doblegarlo, tal vez para reiniciar, ella misma, una vida en soledad pero distante de un mundo que los había azotado tanto, tal vez porque tanta incomprensión no merecía el homenaje de ser depositaria de los restos de su primer Gobernador Constitucional.

Pero la gratitud volvió por sus fueros, la consideración, el respeto ¿Por qué no? La justicia, movilizaron a las fuerzas políticas de Santa Cruz que resolvieron repatriar los restos de su ex Gobernador.

Un día 28 de Noviembre de 1980, veinte años después del gran dolor, y veintitrés después de la promulgación de la Constitución Provincial, Mario Cástulo Paradelo volvía a reclamar el gran lugar que le corresponde en la comunidad de Río Gallegos. Allí con honores de primer mandatario y con decretos de adhesión de Gobierno, fue enterrado en medio de la consideración de vecinos y autoridades. Una avenida lleva su nombre. Una escuela lleva su nombre. La historia Constitucional lleva su nombre. Algún día, si las generaciones que nos seguirán logran el gran sueño de una Patagonia integrada, poblada, desarrollada, en un hito de honor figurará el nombre de Mario Cástulo Paradelo.

¿Qué pudo llevar a un hombre nacido en una tierra fértil, privilegiada, cruzada por centenares de ríos subterráneos, poblada de pájaros y flores, rica en siembras y ganado, a vivir en un páramo ventoso, seco, despoblado, con invernales noches infinitas, con innumerables kilómetros sin población, con predominio de señores de la tierra y de la vida?

¿Qué pudo llevar a un hombre crecido en el afecto, educado en la moral más estricta, acostumbrado a la generosidad de familiares y amigos, a trasladarse a una comunidad aislada, desintegrada, remota, con la intensión de poner allí su impronta personal?

¿Qué pudo hacer vislumbrar a un hombre que maduró su carácter y su inteligencia en un ambiente de ordenamiento político, con un grupo de pertenencia ideologizado a intentar construir y después fortalecer un nuevo partido político en un medio desconocido y hostil?

Pudieron ser muchas cosas, pero sabemos que fue más que la sed de aventuras, la vocación de poblador, la capacidad para sembrar ideales, el coraje personal, las exigencias personales, incluso la visión política. Fue la premonición de que su destino estaba ligado al destino de esa Patagonia que ayudaría a despertar. Fue el sueño de un mundo nuevo. Fue su propio sentido de la Historia.

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